Ya Latíf, el generoso, uno de los 99 nombres de Allah.

Fez es la capital espiritual y cultural de Marruecos. Una ciudad que se ha mantenido casi invariada desde el medioevo. Fundada hace 1200 años, lleva en su corazón la universidad y escuela coránica activa más antigua del mundo. El sonido de los imanes llamando al rezo marca el tiempo: uno por la mañana y otro por la tarde, ambos repetidos con media hora de diferencia para permitir a todos los fieles cumplir con su compromiso.





Fez puede asustar al principio al viajero que nunca haya salido de Europa. Sus calles estrechas, sus fuertes aromas a especias, sus sombras y sus construcciones aparentemente sencillas evocan un continente lejano y antiguo. Pero mirando más de cerca, un observador sensible se dará cuenta de la riqueza de sus mercados, la variedad de sus sabores y la sabiduría con la que toda la ciudad ha sido construida para aprovechar al máximo los recursos naturales y controlar el clima en las épocas más calurosas.










El arte islámico no es ostentoso, es matemático. Sus decoraciones repetitivas apuntan en la dirección de la meditación y la espiritualidad. Los mosaicos y las maderas trabajadas con atención minuciosa al detalle construyen patrones que, vistos en grande, revelan una belleza casi hipnótica. De alguna forma parecen una metáfora de la vida humana: a través de la repetición de gestos cotidianos se construye una existencia llena de significado y belleza.






Los habitantes de Fez son gente que disfruta de la vida en cada momento. Un día, en una de las cocherías donde se trabaja el cuero — uno de los rincones más intensos y fascinantes de la ciudad — se me cayó la cartera. Los trabajadores la devolvieron de inmediato, sin dudarlo.








Los habitantes de Fez son gente que disfruta de la vida en cada momento. Un día, en una de las tenerías donde se trabaja el cuero — uno de los rincones más intensos y fascinantes de la ciudad — se me cayó la cartera. Me la devolvieron de inmediato, sin dudarlo. Los curtidores de Fez trabajan de sol a sol en condiciones durísimas, con el cuerpo metido en tintes y fermentos desde el amanecer. Son personas de una moralidad extraordinaria que viven con dignidad de su trabajo y cumplen con el mandamiento de no robar. Ese gesto pequeño me dijo más sobre la gente de Fez que cualquier guía de viaje, libro o documental. La comunidad parece tener una capacidad natural para redistribuir lo que tiene: los que más tienen ayudan a los que menos tienen.
